4.2: Y entró en si mismo

Puente

Ahora Joel estaba parado en un puente del que pretendía arrojarse para caer en una carretera que pasaba por debajo de éste y así poner fin a sus días, cuando en eso…

– ¿Qué tienes? – preguntó un niño con carita inocente. El rostro de complexión delgado y alargado, lo tenía cubierto con un poco de mugre, su pelo era color negro y sus pestañas eran largas. Daba la impresión de que estaba perdido o algo así ya que sus ropas no eran en definitiva las de un niño de la calle, sin embargo sí estaban muy sucias.
– Nada – contestó un poco molesto como quien es interrumpido en un momento importante.
– Pero estás llorando… – repuso y sacando una servilleta mugrosa, el niño se acercó y le dijo sonriendo – Ten, sécate las lágrimas y piensa que al secarlas curas lo que te hace llorar.

Y así por primera vez en muchos años, Joel se dio un espacio para ser amado por “un niño de la calle” que le sanaba un poco sus heridas. Pero luego, orgulloso le dijo – no estoy llorando, lo que pasa es que me cayó algo en los ojos mientras trabajaba y por eso me veo así.

– ¿Cómo te llamas? – preguntó Joel.
– Jesús
– ¿Y tus papás?
– No se, no los conozco…
– Dime Jesús, ¿qué haces cuando te sientes triste? – cuestionó Joel sin saber porqué.
– Una señora me dijo que cuando me sintiera triste hablara con Jesús, el hijo de Dios. Dice que siempre nos escucha aunque nosotros no lo veamos y que está en todas partes. Siempre que no tengo que comer le pido a él que me ayude y luego, luego, aparece alguien que me ayuda.

– ¿Y porqué viniste conmigo, no tienes miedo de que te haga algo malo?
– Tú no me puedes hacer nada malo.
– ¿Porqué no? – preguntó curioso Joel.
– Porque eres bueno… – dijo sonriendo el niño.
– ¿Cómo sabes que soy bueno?
– Me lo dijo…
– ¿Quién?
– Jesús, ese que te digo que es el hijo de Dios – dice que tú eres bueno y que estás triste; me dijo que viniera contigo y te hablara porque él ha tratado de hacerlo varias veces y la última vez que lo hizo lo corriste.

Fue entonces que Joel recordó lo sucedido en el panteón y después, como por arte de magia, las ganas de cometer suicidio desaparecieron, aunque la culpa y la confusión seguían. Joel no podía creer lo que pasaba: un niño de siete años le estaba hablando como si lo conociera y acababa de salvar su vida (al menos de momento).

– ¿Y cómo es que escuchas a ese tal Jesús? – para entonces Joel estaba recargado en el muro de contención del puente mientras los carros seguían pasando.
– Es fácil, nomás lo escuchas. – Repuso – Al principio parece que fueras tú el que habla pero es él. Siempre está hablando, pero muchos no creen que sea él.
– ¿Quién te dijo que muchos no creen que sea él?
– Una señora de la iglesia.
– ¡Vaya, la iglesia! –resopló con un poco de molestia, pero recordando de nuevo lo del panteón decidió hacer algo que  jamás pensó: darle una oportunidad a Dios de actuar  y enseguida preguntó – ¿Puedes llevarme con ella?
– Si, pero antes tenemos que ir a otro lado… – y esta vez el niño dejo escapar una amplia sonrisa que hizo que Joel pudiera ver sus lindos dientes.
– ¿A donde? – preguntó extrañado, agachándose con las manos apoyadas en sus rodillas de manera que quedara más a la altura del niño.
– Es que Jesús me dijo también que tú me llevarías a comer algo porque desde ayer en la noche no he comido. – y su carita reflejó que su estómago estaba demandando comida.

Lleno de ternura y agradecimiento para con el niño, Joel jaló cariñosamente los cachetes de Jesús mientras le sonreía y lo llevó en su carro a un restaurante en donde por primera vez pudo llenar su estómago. Después, fue a comprarle algo de ropa… al fin estaba haciendo algo verdaderamente útil con el dinero.

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