4.1: Y entró en si mismo

Motel

 

Un Duro Golpe

Disfrutando Joel de una rica limonada en su nuevo departamento que tenía una bella vista hacia un parque, sonó el teléfono…

– Si, diga…
– Que tal Joel soy yo: el flaco.
– ¿Qué quieres, flaco?
– Bueno, es que un cliente me pidió un encargo muy especial y quería saber si… – Joel solo quería disfrutar de su limonada y por eso lo interrumpió…
– Mira, flaco, no estés fregando y haz lo que te pidan
– Pero es que no se si vayas a estar de acuerdo… -dijo nervioso mientras le gritaba a alguien – ¡Vete para allá, no tienes porqué andar aquí! ¿No vez que estoy ocupado?… –resumió y continuó la conversación con Joel – Perdón, es que me interrumpieron – explicó – te decía, no es cualquier cosa lo que pide…
– Por última vez, flaco, escúchame bien: haz… lo… que te pidan, ¿OK? – y ante tal respuesta, al flaco no le quedó mas que colgar el teléfono.

Esa mañana Joel tuvo que pasar por el lugar donde estaba “El Culto” que había sido abandonado hacía un año porque levantó sospechas entre la comunidad y algunos reporteros estaban tratando de indagar algo. Por esta falta de privacidad se vieron obligados a ir a algún otro lugar. Ahora Joel lo miraba abandonado y lleno polvo y hojas.

Sin embargo, aunque el lugar no estaba ya en función, Joel no pudo evitar recordar su pasado y decidió parar. Estacionó el automóvil y bajo un rato. Cuando caminaba hacia la entrada, las imágenes asaltaban a su mente y una profunda tristeza lo invadió tanto que se decidió parar ahí mismo y devolverse a su departamento no sin antes pasar a tomarse unos tragos para después visitar el panteón donde descansaban los restos de su primo Manuel.

El Panteón estaba cerca de donde el vivía, era nuevo y había pocas tumbas. Joel se estacionó y bajo sin nada en la mano. No había llevado ninguna flor para su primo, pues estaba convencido de que los muertos no ven ni oyen lo que la gente habla. – Tan solo han dejado de existir, son nada – afirmaba.

Saludó al guardia de la entrada y prosiguió su camino pasando por debajo de algunos pequeños y frondosos árboles que daban buena sombra. El jardín con pasto verde que llenaba aquel lugar era hermoso, tanto que pensó que aunque los muertos necesitaran flores, con las que había por las orillas y algunas partes de dentro eran suficientes. Por fin llegó al lugar donde descansaban los restos de su primo. Frente a él había un árbol que seguramente estaba plantado desde antes de construir el panteón porque obviamente no iban a traerlo desde quien sabe donde para transplantarlo ahí.

– ¿Qué hay Manuel, como estás? – Susurró – Supongo que bien ¿no? Al menos no creo que estés en el infierno: esas cosas para mí no existen. Sabes, creo que eso no es más que un invento de la gente para asustarnos y evitar que seamos nosotros mismos. Aunque está bien eso de que busquen que seamos buenos; pero en fin, la verdad es que tampoco le veo el beneficio ser bueno, porque mientras lo fui solo sufrí. Ahora mírame: he progresado… pero tú me has dejado una duda: ¿porque habiendo probado cosas parecidas a lo que estoy viviendo querías pasarte al otro lado? Es extraña para mí tu decisión.

– Claro que sí Manuel, yo soy feliz así – continuó – siendo como soy, ¿habías visto tipo más feliz? Tengo un departamento, un automóvil, un negocio que va viento en popa, mujeres, drogas, ¡Que más se puede pedir ah!
– No, no Manuel, no me hace falta mi familia, ni una novia como Nadia, ni aliviar mi pasado…

– Déjame en paz, ¡Maldita sea! Ya te dije que no creo ni en Dios ni en nada ¡y no tengo heridas que sanar! – en eso Joel comenzó a llorar y se hincó ante la tumba de Manuel consumido en rabia.

– ¿Quien eres? ¿Porqué me hablas, que quieres de mi? ¡Déjame en paz! Gritó mirando a todos lados con los ojos muy abiertos.
– ¿Que tienes en tu voz que pareces estar dentro de mi? ¿Quién te dio permiso de hablarme? ¡Eh!.

– Tengo que estar loco para hablar contigo… esto no esta pasando, esto no está bien, no se quien eres, es más: no existes, solo eres una voz dentro de mí, eres seguramente mi conciencia que quiere revivir.

Pero ¿sabes que? Aunque me molestas, no puedo evitar sentir algo de gusto por oírte… sin embargo esta vez no has llegado a tiempo, yo ya no tengo solución: así es mi vida y así quiero vivir. ¡Todo lo hago bien, soy perfecto y no necesito de nada ni de nadie!

– Es cierto que la vez aquella en que estuve a punto de tener relaciones sexuales con Jazmín me hablaste y cedí ante tu voz que me estremeció al decirme: ¡Cuidado: lo que estás a punto de hacer puede marcarte para toda tu vida! Pero ahora las cosas son diferentes. Esta vez no me estás previniendo de sufrir una caída, esta vez haz dejado que me pudra en el fango y no como nada puedo salir. Las reglas las pongo yo, y yo decido qué me conviene…

– ¡Ya lárgate de aquí y no vuelvas a hablarme!, ¡Vamos, fuera de mi vida! Dicho esto, Manuel quedó jadeando y su rabia se fue disipando poco a poco. No podía creer que había discutido con su conciencia en voz alta. La gente lo miraba como a un loco, y algunos guardias miraban fijamente en la distancia, como esperando a que Joel hiciera algo que justificara echarle del panteón.

– ¿Ya ves Manuel? Creo que no debí haber venido… ahora ya me echaste a perder el día. Que descanses, si es que estás por algún lado.

Aún la gente miraba a Joel con cierta desconfianza mientras lo veían dirigirse a la salida. El resto de la tarde se la pasaría dormido en su departamento.

Cierto día al volver a casa se escucharon las sirenas y Joel vio desde su auto pasar a los bomberos. Que sorpresa se llevó cuando vio que estaban parados justo en su domicilio apagando las llamas del primer piso y las de un departamento vecino. Se daría cuenta después de lo peor: su departamento no estaba en llamas, pero era porque ya las habían apagado. Joel había perdido todo y lo único que le quedaba era el coche y algo de dinero en una cuenta bancaria.

Para calmarse un poco decidió hacer cita con una de sus chicas. Así que ese día se encontraba en un hotel de aquellos en los que acostumbraba citar a las chicas y a sus clientes; estaba a punto de tener sexo cuando escucho unos gritos en el cuarto de enseguida. Salió y…

– ¡Que pasa ahí! – Los gritos parecían los de unas niñas pequeñas y en eso un disparo se escuchó…

Con la adrenalina al máximo Joel tomó valor y forcejeó con la puerta que estaba a poca distancia hasta derribarla. Ahí dentro estaba un hombre como de unos cincuenta y dos años en paños menores llorando, mientras veía con asombro aquella escena donde estaban dos pequeñitas llorando también y en calzones: una de ellas lloraba porque había recibido la bala en un costado y se estaba desangrando (al parecer tenía como ocho años); la otra niña que era aparentemente dos años mayor, lloraba al ver que su hermanita derramaba mucha sangre.

Sin más Joel se abalanzó sobre aquel hombre golpeándolo con brutalidad hasta casi matarlo. En eso llegó Daniel, uno de sus trabajadores, apodado el Flaco y lo detuvo antes de matar a aquel pervertido que tratando de abusar de las pequeñas forcejeó un poco con una de ellas y le disparó a una.

– ¡No!, ¡Lupita no te mueras!, ¡No te mueras! – gritaba una de las niñas sin parar de llorar: era un llanto desgarrador y lo peor era que efectivamente, la niña herida acababa de morir dejando a su hermanita sin consuelo.

– ¿Qué haces aquí flaco?
– Vine porque escuché un disparo y quise saber que pasaba – dijo con voz nerviosa.
– ¿Conoces a este desgraciado? – Preguntó refiriéndose al viejo.
– Es un cliente, se trata de aquel que te dije que era muy especial. Me había pedido que le consiguiera unas niñas de entre ocho a 10 años de edad. Por eso fue que te llamé pero tú no me dejaste que te explicara.

Sin saber mucho que hacer, a Joel no se le ocurrió otra cosa que acercarse a la otra niña para abrazarla mientras el mundo se le venía encima (había sido el causante de esa muerte sin querer al autorizar al flaco para que hiciera lo que le pedían). Ella estaba manchada de sangre de su hermanita muerta. Cuando la niña vio a Joel que se acercó se soltó a llorar y se puso muy nerviosa moviéndose hacia un rincón.

– ¡No por favor no! ¡Ya no quiero no!… – gritaba la niña desesperada.

Joel se dio cuenta de que esa niña había sido abusada anteriormente y…

– ¿Cuánto tiempo tienes prostituyendo a las niñas? – cuestionó al flaco furioso.
– Desde hace unas semanas… – el flaco se veía muy nervioso al ver la cara desencajada de Joel, pensaba que le iba a matar.

Marianita, la hermana de la niña muerta había vuelto junto al cuerpo de su hermana y lloraba sin consuelo al mismo tiempo que juntaba la sangre con sus manos y trataba de devolverla dentro del cuerpo de la niña por el mismo agujero que había dejado la bala. Al ver esto, Joel se soltó a llorar como nunca antes había llorado y salió de allí rápidamente.

El rugir del motor y el rechinar de las llantas se hizo escuchar en aquel barrio del que Joel salió a toda prisa, no por el miedo a que llegara la policía sino tratando de huir de su realidad. Por el camino nunca paró de llorar. El recuerdo de todas las tragedias anteriores lo hicieron pensar que la vida era algo que no tenía sentido, así que tomó la decisión de quitársela. Pasó varios semáforos en rojo sin tomar la menor precaución fijando su mirada quien sabe donde. La barbilla le temblaba y sentía la lengua entumida. Era como si un edificio le estuviera haciendo presión sobre su cabeza.

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