3.10: El Laberinto

Taxi

El negocio iba creciendo y la ambición de Joel también: ser una buena persona no le había retribuido lo suficiente, ahora en cambio, su vida había mejorado al menos en lo económico. Recientemente, había pedido a sus tíos que ya no le enviaran dinero, es más, hasta los papeles se habían invertido: Joel era quien les enviaba dinero y algunos “regalos” que conseguía en la calle.

Los tíos por supuesto, sospecharon que Joel andaba en malos pasos, pero aún así se hicieron disimulados y recibieron todo con no mucho agrado, pero no les quedaba de otra ya que su situación económica había decaído bastante últimamente.

La música urbana se dejaba escuchar en aquel bar llamado hipnosis ubicado en la esquina de bahía e islas cerca de la zona de tolerancia. A este lugar solían acudir gente del crimen organizado y la ley que imperaba dentro era la del mas fuerte.

Pasando por entre las sillas donde había gente tomando tragos, platicando a alta voz y riendo con algunos meseros se podía llegar a la pista de baile donde cerca de la barra se encontraba bailando Joel con una chica.

– ¡Eso es, así, así aha!, ¿Dónde te habías metido ah?
– ¿Porqué lo dices? – cuestionó sonriente y presumido.
– Porque te mueves muy bien y nunca había visto a nadie que bailara como tú – contestó la joven que bailaba con Joel
– Es la música, me encanta, es como hipnotizante – Joel ahora había cambiado mucho de personalidad. Nadie hubiera creído que aquel chico que soñaba con ser un gran hombre de bien estuviera viviendo una vida totalmente distinta.

Con una leve sonrisa la chica empezaría a bailar sensualmente para Joel tratando obviamente de vender su servicio mientras la temperatura se elevaba dramáticamente.

– Bien, ya me has convencido, vamos a un lugar mas privado – Ahora que tenía dinero, Joel quería darse más y más placer, parecía haber matado su conciencia  y sus recuerdos a fin de cuentas.

Salieron de la discoteca, pero antes, Joel se detuvo en la barra, compró dos cajetillas de cigarrillos y dejó una propina al mesero que sonrió y miró a Joel con los ojos entrecerrados mientras caminaba con la chica hacia la puerta.

– Va tu primera parte del pago – dijo Joel sonriendo mientras le daba una de las cajetillas de cigarrillos a Vanesa, la prostituta con la que se acostaría aquella noche.

Subieron al carro de Joel, mientras una leve lluvia comenzaba. Antes de partir él recostó su cabeza hacia atrás en el asiento mientras fumaba su primer cigarro; posteriormente inició la marcha y condujo por las solitarias y peligrosas calles de aquella zona a velocidad lenta, como quien no tiene prisa de nada ni teme que le suceda algo por aquellos lugares.

– ¿A donde vamos? – preguntó Vanesa al tiempo que abría su bolso y metía la cajetilla de cigarros que le había dado Joel. Era una chica bastante atractiva. Su piel era del color de la tierra, sus ojos grandes y los labios eran gruesos. Llevaba una minifalda negra como a diez dedos por encima de las rodillas. Sus pechos, se dejaban ver como dos colinas divididas a través del escote de su blusa roja de manga corta y cuello v.

– Aún no lo se linda, ya veremos – En ese momento a Joel no le preocupaba nada, estaba viviendo el momento y todo parecía bien. La vida le estaba dando la oportunidad de ser él mismo, de ganarse la vida y “disfrutarla”, según se decía a sí mismo en ocasiones como cuando se bañaba y aprovechaba para pensar.

– ¡Ya se que haremos! – Los ojos de Joel se iluminaron y su clásica sonrisa de cafre salió a relucir. Metió el acelerador a fondo y corrió a toda velocidad por la carretera que se encontraba bastante mojada por la lluvia que había incrementado en esos minutos.
– ¿Estas loco o que? – preguntaba Vanesa riéndose un poco de su alocado amigo que ya se había pasado dos semáforos en rojo gritando que el los veía verdes.
– ¿Qué, no te gusta la velocidad? – preguntó divertido.
– Si, claro, sigue, me gusta… – respondió mientras se acomodaba en su asiento y se ponía el cinturón de seguridad – es solo por si acaso – concluyó cuando Joel la miraba tomar su precaución.

– Pero pongámosle más sabor a la aventura, hagamos algo más… – dijo, y soltando una fuerte carcajada, Joel pareció entrar como en una especie de trance y los ojos casi se le salían mientras gritaba como loco echándole el carro encima a cuanta persona descuidada veía. No importaba donde estuvieran: se subía a las banquetas y arrasaba con todo lo que no fuera sólido, incluso por ratos se iba en sentido contrario y se quitaba de enfrente en el último momento cuando venían carros en contra.
– Ahora si que me estás asustando Joel – Vanesa se dio cuenta que Joel no se estaba comportando como una persona cuerda.

– ¡Ahhhhhh ja, ja, ja, ja, ja, huuuu! ¡Mamaaaaá, dale, dale! – Ahora sí Joel estaba fuera de si. Era como si algo se hubiera apoderado de él. Y de repente frenó dejando escuchar el rechinar de las llantas en la carretera. Y solo sonreía al haber quedado mirando con el carro hacia una calle donde un señor como de unos cuarenta años caminaba cubriéndose con un periódico de la lluvia.

Encendió entonces las luces altas, hizo dos grandes ruidos con el motor y arrancó en busca de atropellar a aquel transeúnte.

– ¿Qué haces Joel? ¡Eres un animal… para, PARA! – decía con desesperación Vanesa sin poder hacer nada para traer de vuelta a Joel de su arranque de locura.

Cuando el infortunado se dio cuenta echo a correr hasta llegar a un puente que estaba a su derecha. Entonces, Joel metió el freno de mano y giró el volante de tal manera que quedó justo frente al puente.

– ¡Ahora si no te me escapas! ¡Ahhhh ja, ja, ja, ja! – Y arrancó con todo directo hacia donde se encontraba su víctima que al verlo no tuvo más remedio que saltar hacia el arrollo apenas unos segundos antes de que Joel estrellara el auto contra el muro de contención.

Cómo no había sido mucha la distancia de donde Joel había arrancado, el muro pudo soportar el golpe sin problemas y también gracias a esto el vehículo no sufrió una abolladura grave. Por otro lado, la victima solo quedó con la ropa más mojada, puesto que el arrollo no era profundo ni se encontraba a gran distancia del puente.

– ¡Qué te pareció eh! – Joel se veía feliz de haber terminado así su hazaña aunque todavía se veía algo loco.
– ¿Estás bien de la cabeza? ¡Que crees que acabas de hacer!
– Nada ¿no? – dijo mientras reía con un cinismo arrogante y burlón.
– ¡Es que no te das cuenta de lo que hiciste, ibas a atropellar a una persona!
– ¿Y qué?
– ¡Cómo que y qué! Pudiste matarlo, que ese hombre todavía puede ser que muera, ¡cayó al arrollo!
– ¡Va, no es para tanto!, no tiene profundidad ni tampoco está alto el puente ¿además que se pierde si se muere? Nada, un miserable más que acaba su inútil vida… – dijo terminantemente mientras aspiraba lo último que quedaba de su cigarro; luego miró por la ventana hacia el arrollo y tiró la colilla.
– ¡No tienes madre Joel! – gritó Vanesa. No podía creer lo que escuchaba, era simplemente increíble.

Joel sonrió y enseguida metió marcha atrás y se fue de aquel lugar. Manejó sin rumbo por un rato, pensando en lo que acababa de hacer. Ya no estaba del todo contento por su acción, pero tampoco tenía la intención de dar señales de arrepentimiento (nadie tenía derecho a reprocharle nada).

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