3.4: El Laberinto

Discoteca el culto

– ¡Hey primo!, ¿no te quieres divertir esta noche? – pregunto Joel a Manuel, su primo de 17 años.
– Claro, ¿a donde quieres ir? – preguntaba algo extrañado Manuel debido a que hacía mucho que Joel no salía a divertirse. Es mas, nunca lo había visto divertirse con nada.
– Llévame a donde te gustaría ir a ti – dijo Joel que recientemente había decidido que era tiempo de olvidarse del pasado y tratar de salir de la depresión de alguna otra forma.

Llegada la noche, se arreglaron y tomaron un taxi para ir a “El Culto”, que era un antro nuevo poco frecuentado según comentaba Manuel.

– Por fin se te va a hacer entrar en un antro con un experto ¿no? – preguntaba Joel queriendo presumir de experiencia que como sabemos, se limitaba a una sola salida.
– Si… por fin – dijo sonriendo Manuel mientras recostaba la cabeza en su asiento. Joel miraba por la ventana y recordaba aquel momento en que iba en el carro de Raúl y Alejandro. Aquella noche del crimen parecía que se iban a divertir sanamente, todo apuntaba a una velada feliz y sin embargo ese día ocurrió para el la mayor de las tragedias.

-En qué piensas Joel – preguntó Manuel aun recostado sobre su asiento.
-En nada primo, en nada – afirmó Joel con una leve sonrisa. El chofer tan solo se limitó a mirar por el retrovisor a ambos, quizá pensando que tal vez serían unos asaltantes muy bien vestidos para disimular.

Al llegar al lugar, Joel se dirigía a hacer fila para entrar…
– ¡Hey, primo! Por este lado es más fácil… – dijo Manuel muy seguro haciendo un ademán de conocedor.

Efectivamente, por ahí era más fácil: había una puerta donde un vigilante saludó con gusto a Manuel y les permitió entrar sin pagar.

– ¿Cómo te va? – preguntaba Manuel al vigilante mientras le daba una palmada en la espalda.
– Muy bien Señor: me da gusto verlo por acá de nuevo…
– Así que acostumbras venir ¿no? – preguntó Joel sorprendido – y yo que pensé que esto sería novedad para ti…
– Si, así es, solo que no le digas a mis papas lo que acabas de ver, ya ves como son conmigo. – Joel asintió con la cabeza pues sabía que aunque sus tíos no tenían problemas con él, a Manuel sí trataban de cuidarlo un poco más.

El ambiente del lugar era bueno: todo el mundo parecía divertirse, sin embargo, había algo raro: una marcada diferencia entre la gente, ya que algunos grandes grupos parecían conocerse de toda la vida y otros parecía que nunca habían venido.

“El Culto” se encontraba en un lugar nada comercial y sin embargo estaba lleno. Joel y Manuel volvieron al sitio en numerosas ocasiones después de esa noche, tantas, que parecía la segunda casa de Joel. No fue difícil hacerse de amigos en aquel lugar y por supuesto para Joel ya no fue fácil incrementar su consumo de drogas. Ahora ya no era cuestión de salir de una tristeza sino un vicio propiamente.

Tiempo después Joel formaba parte de aquel gran grupo de gente que parecía conocerse desde siempre, pero aún así, a Joel le seguía pareciendo algo extraño el lugar, ya que siempre había gente nueva y sin embargo nadie pasaba por la entrada principal y a quien intentaba hacerlo le era negado el paso. Era algo así como un club privado al que solo podían entrar personas que tuvieran a un amigo miembro de dicho club. En fin, no se detenía mucho a pensar en aquella cuestión, aunque últimamente empezaba a preocuparle la actitud de Manuel pues su ánimo había ido decayendo y eso le parecía un tanto sospechoso.

Pero un día en que Manuel no podía ir a “El Culto”, Joel vería lo más extraño del lugar porque esa noche ocurrió que…

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