3.3: El Laberinto

marihuana ojos

 

Tratando de Olvidar

Ya en su nuevo mundo, Joel entró a la universidad, pero ni siquiera la distancia aminoraba la carga de culpa que en su ser guardaba. Lo que si disfrutaba, era la estancia que había entre él y su madre. Ahora, con sus tíos disfrutaba de una relativa paz pues ellos no gritaban, es mas, ellos solo se preocupaban por darle techo donde vivir y comida, pero fuera de eso nada, no le pedían cuenta de nada más.

– Se te ve triste loco, ¿no quieres un poco? – en una esquina le ofrecía marihuana un tipo bastante sospechoso.
– ¿Gratis? – preguntó Joel, mas con miedo que interesado.
– Pensaba vendértela, pero está bien, se ve que es la primera vez – sonrió aquel y se susurrando – “Bienvenido a casa”.

Joel siguió su camino a la parada del camión rumbo a la universidad contemplando aquella hierba que tenía en la mano. ¿Sería cierto que con eso uno podía olvidar los problemas o solo era una exageración en masa? Sin saber a ciencia cierta porqué, Joel guardó la hierba en la bolsa trasera de su pantalón. Ese día transcurrió normal.

A diferencia del tiempo de bachillerato, aquí Joel no era tan popular. Y no es que en su anterior escuela fuera alguien a quien todo el mundo conocía, pero al menos en su salón de clases tenía buenas relaciones con todos. Era realmente curioso que Joel que había sido tan bromista, ahora apenas y saludaba a sus compañeros de clase. A veces, incluso, se sentía relegado, pero no tenía humor de tratar de entablar amistad con nadie.

Muchas noches se despertó repentinamente sudando y con fuertes escalofríos que le producía soñar con Marcela. En esos sueños ella se levantaba de entre las cenizas y caminaba con su cuerpo quemado y deforme hacia su cama señalándolo con un gesto de reproche, acusándolo por no haber hecho nada para ayudarla.

Joel tenía claro que hizo lo que pudo en aquella noche pero no podía olvidar el recuerdo. – Debí haber aceptado las sesiones con el psicólogo – se decía a sí mismo.

Después de unos meses, la efímera felicidad que había tenido se desvanecía y en la escuela ya no solamente ya no era popular sino que ahora la gente le hacía mala cara pues en varias ocasiones ofendió a sus compañeros con arranques de cólera que aparentemente surgían de la nada.
Con él vivía un primo suyo que era apenas menor. Era la única persona con la que cruzaba palabra en todo el día, mas nunca platicaban cosas personales.

Cierto día su madre llamó a casa de sus tíos para saber como se encontraba Joel ya que tenia un mes que no se comunicaba para nada. Joel contestó el teléfono de mala gana y terminaron discutiendo. El no entendía porque tenía ese genio últimamente. No había nada que no lo irritara. Lo que sí tenía claro es que estaba muy enojado con su vida por la muerte de su amiga. No bastó con encontrar a los culpables y lo peor del caso es que no sabía como librarse de esa carga emocional.

Todos estos pensamientos se fueron apoderando de su mente. La obsesión llegó a ser tanta que pronto descuidó los estudios por completo y después de reprobar la mayoría de los exámenes de un semestre decidió abandonar la escuela.

La noticia se la dio a sus tíos el mismo día en que decidió no estudiar. Ellos solo lo escucharon y aconsejaron que pensara mejor las cosas, aunque de igual forma iban a apoyar su dedición –esta sigue siendo tu casa- le decían.

Ahora que ya no estudiaba Joel se sentía constantemente como león enjaulado. Disponía de pocas cosas en las cuales entretenerse. No tenían televisión de paga ni conocía más gente con quien convivir que su primo que todas las mañanas se iba a su escuela. A veces salía a caminar por las calles y chocaba con la gente a propósito esperando que alguien le buscara pleito. Tal vez era que buscaba castigarse a sí mismo y aliviar la culpa.

Cierto día encendió el televisor y…

– diez puñaladas recibió esta mañana una chica de 16 años al salir de una discoteca, el móvil del crimen, según algunos curiosos fueron los celos de su ex novio… – decía el noticiero de aquel día que apenas empezaba.

Enseguida apagó el televisor y como desesperado salió del cuarto donde se encontraba y se sentó en una silla de madera que estaba en la entrada de la casa. Poniéndose las manos en la cara y agachándose sobe sus muslos, no pudo evitar que las imágenes del pasado volvieran a hacerse presentes. Suspiró hondo esperando que los recuerdos lo abandonaran pero no sucedió así. La cólera y la culpa afloraron nuevamente. Rápido, entonces se levantó de su silla, caminó brevemente y volvió la vista hacia la mesa donde había guardado la “ramita”, justo entre medio de una tabla que le daba soporte.

Observó detenidamente que nadie lo viera y se acercó a la mesa, se puso de cuclillas y metiendo la cabeza por debajo la encontró en el mismo lugar que la había puesto, la sacó e incorporándose, la contempló durante algunos instantes dudando si usarla o tirarla definitivamente. Nunca le había llamado la atención drogarse, pero era tal la desesperación, que urgía salir de su realidad cuanto antes. –Total- se dijo a sí mismo – “No por usarla una vez me voy a hacer adicto a esto”.

Fue así como por fin, en dos años, Joel lograba tener un poco de “paz”. Al día siguiente, buscó quien le vendiera una ramita (así le llamaba a la marihuana) por si acaso se ponía triste. – Pero solo la usaré para aliviar esta depresión,- se aseguraba a sí mismo – “como medicina” – decía.

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