Archivo mensual: marzo 2007

4.4: Y entró en si mismo

dialogo

La luz del sol se había apagado y el viento le acarició el rostro. Joel despertó como a eso de las nueve de la mañana del siguiente día. Antes de ir con doña Ángela como había acordado, bajó de su auto (pues ahí durmió) para ir a su departamento que había quedado hecho un desastre. Se lamentó un poco por lo sucedido: más, porque no contaba con un seguro que cubriera los daños. En fin – decía para sí – era dinero mal habido.

Entonces salió, subió al auto y fue a casa de doña Ángela.

– Buenos días… – escuchó Joel cuando la puerta se abrió. Ante él estaba un señor como de unos cincuenta y tantos años que al parecer era el esposo de doña Ángela.
– Buenos días Joven, ¿En que le puedo servir? – volvió a hablar el señor creyendo que Joel no había escuchado.
– Vine a buscar a doña Ángela –contestó apresurado- soy el muchacho que trajo ayer a Jesús.
– ¡Ah si, ya me había hablado mi esposa de ti! En verdad que me da alegría que hayas venido, tenemos mucho que platicar: pasa, adelante.
– Gracias – dijo Joel sorprendido por la hospitalidad que este señor mostraba para con él.

– Ahora viene mi esposa… –dijo mientras con la mano señalaba hacia un sillón, invitando de esta forma a Joel para que se sentara. Antes de que lo hiciera añadió – ¡ah! Disculpa mi mala educación, no me he presentado, mi nombre es Javier – dijo el señor con una grata sonrisa que a Joel le pareció muy especial, pues sentía cierto alivio al ver la alegría tan peculiar que este hombre mostraba.
– Sabes – prosiguió don Javier mientras tomaba unas tazas para servir café – Ayer Ángela me platicó un poco de cómo conociste a Jesús, y ¡mira si Dios no lo planea todo! Jesús rara vez se enoja, y resulta que desde hace una semana se fue de casa tan solo para regresar una vez que te encontró a ti… ¿no es de sorprender? – preguntó mientras le sonreía a Joel.
– Supongo… – dijo este. Joel no podía responder con el mismo entusiasmo porque simplemente no lo sentía, había algo que todavía no lo dejaba creer en aquel Dios del que don Javier hablaba.

– ¿Porqué dices que supones? – preguntó muy calmado bebiendo un sorbo de café.
– No lo se, disculpe, es que no se que pensar… – Joel sentía que estaba siendo grosero con Don Javier que con mucho entusiasmo le hablaba de aquel Dios, pero no podía ser hipócrita: él no estaba tan seguro de  ese Dios aunque deseaba poder creer en él.
– Buenos días – Dijo con una voz suave una joven morena clara, un poco llenita y de ojos café claros.
– ¡Buenos días! – respondieron don Javier y Joel.
– Te presento a mi hija Carmen – ella aparentaba tener unos 18 años pero en realidad estaba a punto de cumplir los 17.
– Mucho gusto, Carmen, soy Joel. – dijo poniéndose de pie.
– ¡Ah! ¿Tú eres el que trajo a Jesús a casa…? – preguntó sonriendo.
– Si, yo soy – contestó Joel sonriendo y con un aire de héroe que hizo que sacara un poco el pecho.
– Que bien, sigan platicando no los interrumpo más – mencionó Carmen y se retiró a la cocina.

Don Javier prosiguió:

– Se que a veces es difícil creer que hay un Dios que vela por nosotros y que en todo momento está atento a lo que nos pasa. Y no solo eso, sino que éste Dios también trata con todo su ser acercarnos a su corazón que se desborda de amor por nosotros.
– Joel pensaba que la manera de expresarse de aquel hombre era un tanto cursi, pero la plática era interesante, no perdía nada con permitir que le hablaran de Dios.

– Mire don Javier, no quiero ser grosero, pero así como dice usted, me cuesta trabajo creer en un Dios que vela por mi y que me ama. Le contaré que ha sido de mi vida brevemente, a ver si después de esto puede aclararme dónde ha estado Dios en todo este tiempo.
– Bien, adelante, prosigue – Don Javier estaba acostumbrado a tratar con personas difíciles. Era un hombre tan enamorado de Dios que no temía discutir con la gente acerca de la providencia divina, pues sabía que al final Dios resultaría vencedor.

– Para empezar le diré que Dios se equivocó conmigo desde el principio, pues me envió a una familia disfuncional: siempre había pleitos en casa, no podía vivir tranquilo… es más: todavía me pongo muy nervioso cuando escucho gritos y me lleno de coraje cuando veo a una madre reprender a su hijo con dureza.
Por si esto fuera poco, mi padre nos dejó cuando yo tenía once años. A mí me faltó el amor de padre y el amor de madre. Mi padre era la única persona que me comprendía, que parecía amarme y sin embargo me dejó al lado de mi madre con quien nunca me he podido llevar bien. ¡Gracias a Dios ahora estoy lejos de ella! – tomando un poco de tiempo para calmar el repentino enfado que se había despertado, prosiguió – Desde que papá se fue, la relación con mi madre ha empeorado cada vez más: me exigía hacer cosas que le correspondían a ella. Siempre me trató con dureza. Muchas veces me golpeó sin clemencia y descargó sobre mi, toda su frustración. Nunca recibí de ella un consejo y mi único consuelo en casa era un retrato de mi papá, que siempre estaba ahí para escuchar mis lamentos y el llanto que producía sentirme sin amor. ¿Dónde estaba Dios en esos momentos? ¿Por qué ni siquiera le dio la idea a mi papá de llamarme en los momentos más difíciles que pasaba?

– A veces Dios hace silencios y calla para posteriormente salir y dar la cara… – afirmó don Javier con firmeza pero sin intenciones de discutir. Lo que le interesaba realmente era que Joel sacara todo lo que traía dentro: eso era bueno.
– ¿Pero porqué no sale en el momento que uno lo necesita? – preguntó Joel con frustración y un tanto enojado.
– Dios no sale ni antes ni después al encuentro, sino en el momento en que Él considera que conviene. Tiene un plan de vida que nadie comprende. Sus caminos sobre pasan a los nuestros, por eso, a veces nos sentimos tan frustrados con El, pues no es alguien a quien podamos manipular. Es Dios, quien sabiamente sabe guardar silencio para sacar algo mejor de ti.

– No me ha convencido, pero déjeme seguirle contando:
Yo he sufrido tres tragedias: la primera sucedió cuando estaba en primer año de bachillerato. Una amiga mía muy querida fue asesinada brutalmente y traicionada por uno de mis amigos que fue cómplice del homicidio. ¿Dónde estaba Dios ahí?
La segunda tragedia sucedió cuando me vine a vivir a esta ciudad: un primo fue también asesinado por una secta satánica a la que perteneció. Él quería reconciliarse con Dios antes de morir, pero ¿qué sucedió? Una vez que salió del templo lo mataron ¿Dónde estaba el amor y misericordia de Dios ahí? Además, ¿por qué permitió que Manuel entrara a la secta?
Por último, ayer, en parte por culpa mía, una niña fue asesinada, no sin antes haber sido abusada en distintas ocasiones. ¿Dónde estaba Dios cuando esa niña y su hermanita necesitaban de ayuda?
Como ve, Dios no existe, pues si existiera no dejaría que estas cosas sucedieran… – y concluyendo echó el cuerpo atrás sobre el sillón, pues mientras se desahogaba se había quedado en el filo de su asiento.

– Joel, Dios nos ama a todos y por ese mismo amor que nos dio el regalo de la libertad. Dios nunca quiso que te pasaran todas estas cosas: muchas cosas pasan en la vida que Dios no las desea, pero suceden porque el hombre, haciendo mal uso de la libertad que Dios le ha dado, provoca estas cosas.
Si Dios interviniera para hacer su voluntad a la fuerza, entonces sería falso su amor por nosotros, pues nadie que ame a alguien puede quitarle la libertad de elegir. El amor es una entrega voluntaria… Además, Dios es un perfecto caballero, y si alguien lo saca de su vida, Dios respeta esa decisión. Las cosas malas pasan porque el hombre ha sacado a Dios de su vida.

– Trate de explicarse mejor porque no le entiendo… – arremetió Joel pero mientras tanto recordaba de nuevo lo sucedido en el panteón con aquella voz que hablaba a su interior.
– Mira Joel, te lo explicaré de esta otra forma:
Jesús, el hijo de Dios es el hombre más justo que ha existido sobre la tierra. Ningún otro hombre hizo tanto bien a la humanidad como Jesús y por si esto fuera poco, estamos hablando de que El era Dios, al mismo tiempo que era hombre. A nadie ama tanto Dios Padre que a Jesús, su único hijo y sin embargo permitió que fuera crucificado y humillado en la cruz.
Preguntarías tú: ¿Dónde estaba el amor de Dios cuando Jesús fue apresado, humillado, enjuiciado injustamente; azotado, avergonzado y crucificado? ¿No podía acaso Jesús o Dios Padre acabar con todo esto? ¡Si! Claro que podían hacerlo, pero eligieron lo que tú ya sabes por amor a nosotros, pues no hay prueba más grande de amor que dar la vida por los amigos.
Moraleja: muchas cosas “malas” tienen que pasar para poder que otras cosas mejores pasen.
Dime, si fueras Dios Padre, ¿te agradaría la idea de que crucificaran a tu hijo a quien más amas?
– No, claro que no… – respondió Joel.

– Pues bien, si a ti, que amas de manera imperfecta, no te agrada la idea, a Dios tampoco le agradó, y sin embargo tuvo que renunciar a sí mismo y dejar que todo esto ocurriera por amor a nosotros.
– ¿Quiere decirme que todo lo que me ha pasado es para bien mío? – dijo Joel aún no muy convencido.
– Así es Joel, aunque te cueste trabajo entenderlo. La mayoría de las veces no entenderemos el porqué Dios deja que nos sucedan cosas “malas”. Si entendiéramos a Dios, en ese momento dejaría de ser Dios, pues es imposible que lo inmenso, aquel que es toda sabiduría quepa en un cerebro tan pequeño como el de nosotros.

Esto último para Joel pareció tener algo de sentido. Aunque claro, también lo anterior sonaba lógico ¿no? Ciertamente a veces uno tiene que sacrificar cosas para hacer que otras cosas sucedan. – Tal vez – pensó para sí – Dios permitió que mi padre se fuera de casa porque si no lo hubiera hecho podría haber sucedido una tragedia más.

Pero aún así era inútil tratar de entenderlo todo: había muchas dudas en Joel, pero a la vez sentía que algo de cierto tenían las palabras de don Javier: si entendiéramos a Dios completamente, entonces significaría que Dios es igual que yo… y si es igual que yo, entonces no es tan grande, pues yo soy pequeño. – Vaya, si, tiene sentido – dijo Joel en su mente.

Para esto, doña Ángela y Carmen escuchaban todo desde la cocina y aprovechando la pausa le ofrecieron desayuno a Joel, quien aceptó con entera confianza.

Mientras Joel desayunaba, pensaba en las palabras de don Javier que sin darse cuenta le habían dejado una sensación de necesidad de encontrar la verdad: no tenía nada que perder, pues ya había elegido el camino del mal para ser feliz y no lo había logrado al final nada bueno.

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4.3: Y entró en si mismo

Joel Pensando

 

El Amor de Dios

– ¿Dónde vives? – preguntó al salir de una tienda de ropa cargado con una bolsa.
– ¡Pues en una casa! – contestó el niño dando un tonito que expresaba que la respuesta era obvia.

Sonriendo por la respuesta, Joel insistió:
– Se que en un lugar tienes que vivir, pero pregunto dónde vives exactamente.
– Cerca de la parroquia. Bueno, ahora no vivo ahí… – aclaró bajando un poco la cabeza y fijando su mirada en el piso.
– ¿Porqué? – preguntó Joel poniéndole una mano en el hombro.
– Porque un amigo y yo nos peleamos
– Ah si, ¿y porqué fue el pleito?
– Porque me llamó enano – contestó levantando por un momento la cabeza y mirando a Joel; luego la volvió a bajar – y dijo que no servia para nada.
– ¿Y cuanto hace de eso?
– Una semana
– ¡Y desde entonces andas en la calle!
– Si… pero yo creo que ya voy a volver. Dice doña Ángela que siempre hay que perdonar como Dios nos perdona.
– Aha… eso está muy bien de tu parte – y acariciando la cabeza del pequeño, Joel Dio gracias a Dios (donde quiera que estuviera si existía) por ese niño del que ya se había encariñado.

– Bien, ahora creo que llegó el momento de que te lleve a tu casa, es tarde…

Entonces, Joel subió a su auto junto con el niño y lo llevó hasta la casa de doña Ángela, quien al ver al niño se llenó de alegría, pues estaba muy preocupada por él. Agradeció también a Joel, quien por primera vez se sentía útil y hasta como con un nudo en la garganta por haber hecho algo bueno.

Por su parte, Joel le contó a la señora lo que había pasado: el cómo había conocido al niño, pero como ya era algo tarde, quedó en volver al siguiente día para platicar más a fondo sobre el asunto. Doña Ángela accedió con gusto y se despidió de Joel. Este giró sobre sus talones y dando media vuelta bajo tres escalones respirando muy a gusto.

4.2: Y entró en si mismo

Puente

Ahora Joel estaba parado en un puente del que pretendía arrojarse para caer en una carretera que pasaba por debajo de éste y así poner fin a sus días, cuando en eso…

– ¿Qué tienes? – preguntó un niño con carita inocente. El rostro de complexión delgado y alargado, lo tenía cubierto con un poco de mugre, su pelo era color negro y sus pestañas eran largas. Daba la impresión de que estaba perdido o algo así ya que sus ropas no eran en definitiva las de un niño de la calle, sin embargo sí estaban muy sucias.
– Nada – contestó un poco molesto como quien es interrumpido en un momento importante.
– Pero estás llorando… – repuso y sacando una servilleta mugrosa, el niño se acercó y le dijo sonriendo – Ten, sécate las lágrimas y piensa que al secarlas curas lo que te hace llorar.

Y así por primera vez en muchos años, Joel se dio un espacio para ser amado por “un niño de la calle” que le sanaba un poco sus heridas. Pero luego, orgulloso le dijo – no estoy llorando, lo que pasa es que me cayó algo en los ojos mientras trabajaba y por eso me veo así.

– ¿Cómo te llamas? – preguntó Joel.
– Jesús
– ¿Y tus papás?
– No se, no los conozco…
– Dime Jesús, ¿qué haces cuando te sientes triste? – cuestionó Joel sin saber porqué.
– Una señora me dijo que cuando me sintiera triste hablara con Jesús, el hijo de Dios. Dice que siempre nos escucha aunque nosotros no lo veamos y que está en todas partes. Siempre que no tengo que comer le pido a él que me ayude y luego, luego, aparece alguien que me ayuda.

– ¿Y porqué viniste conmigo, no tienes miedo de que te haga algo malo?
– Tú no me puedes hacer nada malo.
– ¿Porqué no? – preguntó curioso Joel.
– Porque eres bueno… – dijo sonriendo el niño.
– ¿Cómo sabes que soy bueno?
– Me lo dijo…
– ¿Quién?
– Jesús, ese que te digo que es el hijo de Dios – dice que tú eres bueno y que estás triste; me dijo que viniera contigo y te hablara porque él ha tratado de hacerlo varias veces y la última vez que lo hizo lo corriste.

Fue entonces que Joel recordó lo sucedido en el panteón y después, como por arte de magia, las ganas de cometer suicidio desaparecieron, aunque la culpa y la confusión seguían. Joel no podía creer lo que pasaba: un niño de siete años le estaba hablando como si lo conociera y acababa de salvar su vida (al menos de momento).

– ¿Y cómo es que escuchas a ese tal Jesús? – para entonces Joel estaba recargado en el muro de contención del puente mientras los carros seguían pasando.
– Es fácil, nomás lo escuchas. – Repuso – Al principio parece que fueras tú el que habla pero es él. Siempre está hablando, pero muchos no creen que sea él.
– ¿Quién te dijo que muchos no creen que sea él?
– Una señora de la iglesia.
– ¡Vaya, la iglesia! –resopló con un poco de molestia, pero recordando de nuevo lo del panteón decidió hacer algo que  jamás pensó: darle una oportunidad a Dios de actuar  y enseguida preguntó – ¿Puedes llevarme con ella?
– Si, pero antes tenemos que ir a otro lado… – y esta vez el niño dejo escapar una amplia sonrisa que hizo que Joel pudiera ver sus lindos dientes.
– ¿A donde? – preguntó extrañado, agachándose con las manos apoyadas en sus rodillas de manera que quedara más a la altura del niño.
– Es que Jesús me dijo también que tú me llevarías a comer algo porque desde ayer en la noche no he comido. – y su carita reflejó que su estómago estaba demandando comida.

Lleno de ternura y agradecimiento para con el niño, Joel jaló cariñosamente los cachetes de Jesús mientras le sonreía y lo llevó en su carro a un restaurante en donde por primera vez pudo llenar su estómago. Después, fue a comprarle algo de ropa… al fin estaba haciendo algo verdaderamente útil con el dinero.

4.1: Y entró en si mismo

Motel

 

Un Duro Golpe

Disfrutando Joel de una rica limonada en su nuevo departamento que tenía una bella vista hacia un parque, sonó el teléfono…

– Si, diga…
– Que tal Joel soy yo: el flaco.
– ¿Qué quieres, flaco?
– Bueno, es que un cliente me pidió un encargo muy especial y quería saber si… – Joel solo quería disfrutar de su limonada y por eso lo interrumpió…
– Mira, flaco, no estés fregando y haz lo que te pidan
– Pero es que no se si vayas a estar de acuerdo… -dijo nervioso mientras le gritaba a alguien – ¡Vete para allá, no tienes porqué andar aquí! ¿No vez que estoy ocupado?… –resumió y continuó la conversación con Joel – Perdón, es que me interrumpieron – explicó – te decía, no es cualquier cosa lo que pide…
– Por última vez, flaco, escúchame bien: haz… lo… que te pidan, ¿OK? – y ante tal respuesta, al flaco no le quedó mas que colgar el teléfono.

Esa mañana Joel tuvo que pasar por el lugar donde estaba “El Culto” que había sido abandonado hacía un año porque levantó sospechas entre la comunidad y algunos reporteros estaban tratando de indagar algo. Por esta falta de privacidad se vieron obligados a ir a algún otro lugar. Ahora Joel lo miraba abandonado y lleno polvo y hojas.

Sin embargo, aunque el lugar no estaba ya en función, Joel no pudo evitar recordar su pasado y decidió parar. Estacionó el automóvil y bajo un rato. Cuando caminaba hacia la entrada, las imágenes asaltaban a su mente y una profunda tristeza lo invadió tanto que se decidió parar ahí mismo y devolverse a su departamento no sin antes pasar a tomarse unos tragos para después visitar el panteón donde descansaban los restos de su primo Manuel.

El Panteón estaba cerca de donde el vivía, era nuevo y había pocas tumbas. Joel se estacionó y bajo sin nada en la mano. No había llevado ninguna flor para su primo, pues estaba convencido de que los muertos no ven ni oyen lo que la gente habla. – Tan solo han dejado de existir, son nada – afirmaba.

Saludó al guardia de la entrada y prosiguió su camino pasando por debajo de algunos pequeños y frondosos árboles que daban buena sombra. El jardín con pasto verde que llenaba aquel lugar era hermoso, tanto que pensó que aunque los muertos necesitaran flores, con las que había por las orillas y algunas partes de dentro eran suficientes. Por fin llegó al lugar donde descansaban los restos de su primo. Frente a él había un árbol que seguramente estaba plantado desde antes de construir el panteón porque obviamente no iban a traerlo desde quien sabe donde para transplantarlo ahí.

– ¿Qué hay Manuel, como estás? – Susurró – Supongo que bien ¿no? Al menos no creo que estés en el infierno: esas cosas para mí no existen. Sabes, creo que eso no es más que un invento de la gente para asustarnos y evitar que seamos nosotros mismos. Aunque está bien eso de que busquen que seamos buenos; pero en fin, la verdad es que tampoco le veo el beneficio ser bueno, porque mientras lo fui solo sufrí. Ahora mírame: he progresado… pero tú me has dejado una duda: ¿porque habiendo probado cosas parecidas a lo que estoy viviendo querías pasarte al otro lado? Es extraña para mí tu decisión.

– Claro que sí Manuel, yo soy feliz así – continuó – siendo como soy, ¿habías visto tipo más feliz? Tengo un departamento, un automóvil, un negocio que va viento en popa, mujeres, drogas, ¡Que más se puede pedir ah!
– No, no Manuel, no me hace falta mi familia, ni una novia como Nadia, ni aliviar mi pasado…

– Déjame en paz, ¡Maldita sea! Ya te dije que no creo ni en Dios ni en nada ¡y no tengo heridas que sanar! – en eso Joel comenzó a llorar y se hincó ante la tumba de Manuel consumido en rabia.

– ¿Quien eres? ¿Porqué me hablas, que quieres de mi? ¡Déjame en paz! Gritó mirando a todos lados con los ojos muy abiertos.
– ¿Que tienes en tu voz que pareces estar dentro de mi? ¿Quién te dio permiso de hablarme? ¡Eh!.

– Tengo que estar loco para hablar contigo… esto no esta pasando, esto no está bien, no se quien eres, es más: no existes, solo eres una voz dentro de mí, eres seguramente mi conciencia que quiere revivir.

Pero ¿sabes que? Aunque me molestas, no puedo evitar sentir algo de gusto por oírte… sin embargo esta vez no has llegado a tiempo, yo ya no tengo solución: así es mi vida y así quiero vivir. ¡Todo lo hago bien, soy perfecto y no necesito de nada ni de nadie!

– Es cierto que la vez aquella en que estuve a punto de tener relaciones sexuales con Jazmín me hablaste y cedí ante tu voz que me estremeció al decirme: ¡Cuidado: lo que estás a punto de hacer puede marcarte para toda tu vida! Pero ahora las cosas son diferentes. Esta vez no me estás previniendo de sufrir una caída, esta vez haz dejado que me pudra en el fango y no como nada puedo salir. Las reglas las pongo yo, y yo decido qué me conviene…

– ¡Ya lárgate de aquí y no vuelvas a hablarme!, ¡Vamos, fuera de mi vida! Dicho esto, Manuel quedó jadeando y su rabia se fue disipando poco a poco. No podía creer que había discutido con su conciencia en voz alta. La gente lo miraba como a un loco, y algunos guardias miraban fijamente en la distancia, como esperando a que Joel hiciera algo que justificara echarle del panteón.

– ¿Ya ves Manuel? Creo que no debí haber venido… ahora ya me echaste a perder el día. Que descanses, si es que estás por algún lado.

Aún la gente miraba a Joel con cierta desconfianza mientras lo veían dirigirse a la salida. El resto de la tarde se la pasaría dormido en su departamento.

Cierto día al volver a casa se escucharon las sirenas y Joel vio desde su auto pasar a los bomberos. Que sorpresa se llevó cuando vio que estaban parados justo en su domicilio apagando las llamas del primer piso y las de un departamento vecino. Se daría cuenta después de lo peor: su departamento no estaba en llamas, pero era porque ya las habían apagado. Joel había perdido todo y lo único que le quedaba era el coche y algo de dinero en una cuenta bancaria.

Para calmarse un poco decidió hacer cita con una de sus chicas. Así que ese día se encontraba en un hotel de aquellos en los que acostumbraba citar a las chicas y a sus clientes; estaba a punto de tener sexo cuando escucho unos gritos en el cuarto de enseguida. Salió y…

– ¡Que pasa ahí! – Los gritos parecían los de unas niñas pequeñas y en eso un disparo se escuchó…

Con la adrenalina al máximo Joel tomó valor y forcejeó con la puerta que estaba a poca distancia hasta derribarla. Ahí dentro estaba un hombre como de unos cincuenta y dos años en paños menores llorando, mientras veía con asombro aquella escena donde estaban dos pequeñitas llorando también y en calzones: una de ellas lloraba porque había recibido la bala en un costado y se estaba desangrando (al parecer tenía como ocho años); la otra niña que era aparentemente dos años mayor, lloraba al ver que su hermanita derramaba mucha sangre.

Sin más Joel se abalanzó sobre aquel hombre golpeándolo con brutalidad hasta casi matarlo. En eso llegó Daniel, uno de sus trabajadores, apodado el Flaco y lo detuvo antes de matar a aquel pervertido que tratando de abusar de las pequeñas forcejeó un poco con una de ellas y le disparó a una.

– ¡No!, ¡Lupita no te mueras!, ¡No te mueras! – gritaba una de las niñas sin parar de llorar: era un llanto desgarrador y lo peor era que efectivamente, la niña herida acababa de morir dejando a su hermanita sin consuelo.

– ¿Qué haces aquí flaco?
– Vine porque escuché un disparo y quise saber que pasaba – dijo con voz nerviosa.
– ¿Conoces a este desgraciado? – Preguntó refiriéndose al viejo.
– Es un cliente, se trata de aquel que te dije que era muy especial. Me había pedido que le consiguiera unas niñas de entre ocho a 10 años de edad. Por eso fue que te llamé pero tú no me dejaste que te explicara.

Sin saber mucho que hacer, a Joel no se le ocurrió otra cosa que acercarse a la otra niña para abrazarla mientras el mundo se le venía encima (había sido el causante de esa muerte sin querer al autorizar al flaco para que hiciera lo que le pedían). Ella estaba manchada de sangre de su hermanita muerta. Cuando la niña vio a Joel que se acercó se soltó a llorar y se puso muy nerviosa moviéndose hacia un rincón.

– ¡No por favor no! ¡Ya no quiero no!… – gritaba la niña desesperada.

Joel se dio cuenta de que esa niña había sido abusada anteriormente y…

– ¿Cuánto tiempo tienes prostituyendo a las niñas? – cuestionó al flaco furioso.
– Desde hace unas semanas… – el flaco se veía muy nervioso al ver la cara desencajada de Joel, pensaba que le iba a matar.

Marianita, la hermana de la niña muerta había vuelto junto al cuerpo de su hermana y lloraba sin consuelo al mismo tiempo que juntaba la sangre con sus manos y trataba de devolverla dentro del cuerpo de la niña por el mismo agujero que había dejado la bala. Al ver esto, Joel se soltó a llorar como nunca antes había llorado y salió de allí rápidamente.

El rugir del motor y el rechinar de las llantas se hizo escuchar en aquel barrio del que Joel salió a toda prisa, no por el miedo a que llegara la policía sino tratando de huir de su realidad. Por el camino nunca paró de llorar. El recuerdo de todas las tragedias anteriores lo hicieron pensar que la vida era algo que no tenía sentido, así que tomó la decisión de quitársela. Pasó varios semáforos en rojo sin tomar la menor precaución fijando su mirada quien sabe donde. La barbilla le temblaba y sentía la lengua entumida. Era como si un edificio le estuviera haciendo presión sobre su cabeza.

3.11: El Laberinto

Prostituta

– ¿Todavía enojada? – Vanesa solo movió la cabeza y soltó una leve risa y un leve suspiro, dejando notar que todavía no podía creer lo que había pasado – en fin – dijo para sí misma en su mente – el trabajo no se mezcla con esto: si este tipo está loco allá él.

– ¿Y ya sabes a donde vamos a ir? – preguntó al fin sacando la cajetilla de cigarros; tomó uno de ellos y se puso a fumar.
– Claro que si, vamos a ir a un hotel que te va a encantar: no es muy lujoso pero tiene un no se que, que te hará sentir muy relajada y cómoda…

Así pasó Joel aquella noche y regresó a su casa a altas horas de la madrugada.

– ¡Vaya que sí… soy el rey, el más grande de todos! – Joel había amanecido muy contento de mañana cantando para sí mismo. Se sentía muy conforme de todo lo que hacía y todo lo que era y ese mismo día decidió que con el dinero que había ganado ya era hora de mudarse a un lugar mejor y así lo hizo: primero, se puso a buscar entre los anuncios clasificados del periódico y llamó por teléfono desde su celular, acordó una cita a la que acudió puntualmente y después de llegar a un acuerdo dio el anticipo del primer mes de renta para mudarse inmediatamente.

Entonces, dejó el departamento aquel que estaba rentando que por cierto, ya no era tan lúgubre como antes; ahora había una pequeña sala de estar, un televisor, estufa, lavadora y en general todo estaba mejor acondicionado; las paredes estaban bien pintadas y había agregado algunas cortinas.

Cierto día, Joel concluyó que la prostitución era un buen negocio que dejaba muchas ganancias para quienes la administraban, así que pensó durante horas tratando de encontrar la manera de ganar dinero en esta “industria”, como el la llamaba. Sabía que en la zona donde había vivido no podría lograr nada, pues estaba demasiado competida, y además intentar competir era arriesgar la vida, así que optó por manejar una especie de agencia de “compra y venta del servicio sexual especializado”.

Observó durante días que había muchos hombres y mujeres a los que les gustaba tener sexo con frecuencia sin importar con quien; gente a la que ya no le remordía la conciencia realizando las aberraciones sexuales más vergonzosas y que incluso, estas personas constantemente pedían tener más emoción y adrenalina en sus relaciones.

También concluyó mas tarde, que a diferencia de tiempos pasados, la mujer había cambiado sus costumbres sobre su vida sexual y su manera de pensar al respecto, por lo que no resultaba difícil involucrarlas en aventuras ocasionales. Entonces fue que se dio cuenta de lo peculiar que sería su negocio.

Ahora Joel era un monstruo: iba en busca de jovencitas sedientas de placer a los centros de diversión más concurridos. Era buen observador: sabía que no todas las muchachas alocadas aceptarían trabajar para él; algo encontraba de especial en ellas que cuando se acercaba y les hablaba del asunto sin el menor desvío aceptaban con gusto e inmediatamente pasaban a ser sus compañeras de toda la noche.

Ya tenía la oferta, pero aún le faltaba la demanda. Esto fue más fácil de encontrar y pronto logró formar una importante cartera de clientes, quienes simplemente le llamaban y pedían una mujer a su gusto, describían sus fantasías y listo: Joel buscaba en su “base de datos” y rápidamente marcaba el número de las candidatas ideales… éstas aceptaban el trato y lo demás era cuestión de ponerse de acuerdo en horario y lugar para llevar a cabo el servicio.

Pronto Joel tenía en sus manos más dinero del que ganó como ladrón. Al mismo tiempo, había formado un gran grupo de adictos al sexo, tanto del lado de los clientes como del lado de las chicas.

El negocio había crecido tanto que incluso contrató a varios de sus amigos de parranda para que trabajaran de recepcionistas de llamadas y organizadores de citas.

3.10: El Laberinto

Taxi

El negocio iba creciendo y la ambición de Joel también: ser una buena persona no le había retribuido lo suficiente, ahora en cambio, su vida había mejorado al menos en lo económico. Recientemente, había pedido a sus tíos que ya no le enviaran dinero, es más, hasta los papeles se habían invertido: Joel era quien les enviaba dinero y algunos “regalos” que conseguía en la calle.

Los tíos por supuesto, sospecharon que Joel andaba en malos pasos, pero aún así se hicieron disimulados y recibieron todo con no mucho agrado, pero no les quedaba de otra ya que su situación económica había decaído bastante últimamente.

La música urbana se dejaba escuchar en aquel bar llamado hipnosis ubicado en la esquina de bahía e islas cerca de la zona de tolerancia. A este lugar solían acudir gente del crimen organizado y la ley que imperaba dentro era la del mas fuerte.

Pasando por entre las sillas donde había gente tomando tragos, platicando a alta voz y riendo con algunos meseros se podía llegar a la pista de baile donde cerca de la barra se encontraba bailando Joel con una chica.

– ¡Eso es, así, así aha!, ¿Dónde te habías metido ah?
– ¿Porqué lo dices? – cuestionó sonriente y presumido.
– Porque te mueves muy bien y nunca había visto a nadie que bailara como tú – contestó la joven que bailaba con Joel
– Es la música, me encanta, es como hipnotizante – Joel ahora había cambiado mucho de personalidad. Nadie hubiera creído que aquel chico que soñaba con ser un gran hombre de bien estuviera viviendo una vida totalmente distinta.

Con una leve sonrisa la chica empezaría a bailar sensualmente para Joel tratando obviamente de vender su servicio mientras la temperatura se elevaba dramáticamente.

– Bien, ya me has convencido, vamos a un lugar mas privado – Ahora que tenía dinero, Joel quería darse más y más placer, parecía haber matado su conciencia  y sus recuerdos a fin de cuentas.

Salieron de la discoteca, pero antes, Joel se detuvo en la barra, compró dos cajetillas de cigarrillos y dejó una propina al mesero que sonrió y miró a Joel con los ojos entrecerrados mientras caminaba con la chica hacia la puerta.

– Va tu primera parte del pago – dijo Joel sonriendo mientras le daba una de las cajetillas de cigarrillos a Vanesa, la prostituta con la que se acostaría aquella noche.

Subieron al carro de Joel, mientras una leve lluvia comenzaba. Antes de partir él recostó su cabeza hacia atrás en el asiento mientras fumaba su primer cigarro; posteriormente inició la marcha y condujo por las solitarias y peligrosas calles de aquella zona a velocidad lenta, como quien no tiene prisa de nada ni teme que le suceda algo por aquellos lugares.

– ¿A donde vamos? – preguntó Vanesa al tiempo que abría su bolso y metía la cajetilla de cigarros que le había dado Joel. Era una chica bastante atractiva. Su piel era del color de la tierra, sus ojos grandes y los labios eran gruesos. Llevaba una minifalda negra como a diez dedos por encima de las rodillas. Sus pechos, se dejaban ver como dos colinas divididas a través del escote de su blusa roja de manga corta y cuello v.

– Aún no lo se linda, ya veremos – En ese momento a Joel no le preocupaba nada, estaba viviendo el momento y todo parecía bien. La vida le estaba dando la oportunidad de ser él mismo, de ganarse la vida y “disfrutarla”, según se decía a sí mismo en ocasiones como cuando se bañaba y aprovechaba para pensar.

– ¡Ya se que haremos! – Los ojos de Joel se iluminaron y su clásica sonrisa de cafre salió a relucir. Metió el acelerador a fondo y corrió a toda velocidad por la carretera que se encontraba bastante mojada por la lluvia que había incrementado en esos minutos.
– ¿Estas loco o que? – preguntaba Vanesa riéndose un poco de su alocado amigo que ya se había pasado dos semáforos en rojo gritando que el los veía verdes.
– ¿Qué, no te gusta la velocidad? – preguntó divertido.
– Si, claro, sigue, me gusta… – respondió mientras se acomodaba en su asiento y se ponía el cinturón de seguridad – es solo por si acaso – concluyó cuando Joel la miraba tomar su precaución.

– Pero pongámosle más sabor a la aventura, hagamos algo más… – dijo, y soltando una fuerte carcajada, Joel pareció entrar como en una especie de trance y los ojos casi se le salían mientras gritaba como loco echándole el carro encima a cuanta persona descuidada veía. No importaba donde estuvieran: se subía a las banquetas y arrasaba con todo lo que no fuera sólido, incluso por ratos se iba en sentido contrario y se quitaba de enfrente en el último momento cuando venían carros en contra.
– Ahora si que me estás asustando Joel – Vanesa se dio cuenta que Joel no se estaba comportando como una persona cuerda.

– ¡Ahhhhhh ja, ja, ja, ja, ja, huuuu! ¡Mamaaaaá, dale, dale! – Ahora sí Joel estaba fuera de si. Era como si algo se hubiera apoderado de él. Y de repente frenó dejando escuchar el rechinar de las llantas en la carretera. Y solo sonreía al haber quedado mirando con el carro hacia una calle donde un señor como de unos cuarenta años caminaba cubriéndose con un periódico de la lluvia.

Encendió entonces las luces altas, hizo dos grandes ruidos con el motor y arrancó en busca de atropellar a aquel transeúnte.

– ¿Qué haces Joel? ¡Eres un animal… para, PARA! – decía con desesperación Vanesa sin poder hacer nada para traer de vuelta a Joel de su arranque de locura.

Cuando el infortunado se dio cuenta echo a correr hasta llegar a un puente que estaba a su derecha. Entonces, Joel metió el freno de mano y giró el volante de tal manera que quedó justo frente al puente.

– ¡Ahora si no te me escapas! ¡Ahhhh ja, ja, ja, ja! – Y arrancó con todo directo hacia donde se encontraba su víctima que al verlo no tuvo más remedio que saltar hacia el arrollo apenas unos segundos antes de que Joel estrellara el auto contra el muro de contención.

Cómo no había sido mucha la distancia de donde Joel había arrancado, el muro pudo soportar el golpe sin problemas y también gracias a esto el vehículo no sufrió una abolladura grave. Por otro lado, la victima solo quedó con la ropa más mojada, puesto que el arrollo no era profundo ni se encontraba a gran distancia del puente.

– ¡Qué te pareció eh! – Joel se veía feliz de haber terminado así su hazaña aunque todavía se veía algo loco.
– ¿Estás bien de la cabeza? ¡Que crees que acabas de hacer!
– Nada ¿no? – dijo mientras reía con un cinismo arrogante y burlón.
– ¡Es que no te das cuenta de lo que hiciste, ibas a atropellar a una persona!
– ¿Y qué?
– ¡Cómo que y qué! Pudiste matarlo, que ese hombre todavía puede ser que muera, ¡cayó al arrollo!
– ¡Va, no es para tanto!, no tiene profundidad ni tampoco está alto el puente ¿además que se pierde si se muere? Nada, un miserable más que acaba su inútil vida… – dijo terminantemente mientras aspiraba lo último que quedaba de su cigarro; luego miró por la ventana hacia el arrollo y tiró la colilla.
– ¡No tienes madre Joel! – gritó Vanesa. No podía creer lo que escuchaba, era simplemente increíble.

Joel sonrió y enseguida metió marcha atrás y se fue de aquel lugar. Manejó sin rumbo por un rato, pensando en lo que acababa de hacer. Ya no estaba del todo contento por su acción, pero tampoco tenía la intención de dar señales de arrepentimiento (nadie tenía derecho a reprocharle nada).

3.9: El Laberinto

Callejon

 

Mala Elección

– Aquí tienes “carnal” – Joel acababa de comprar un poco más de marihuana, la hierva que le daba un poco de tranquilidad.

Ahora olvidar sería algo más difícil: no solo tenía el recuerdo de la tragedia de Marcela, sino que a esta se le agregaba la de su primo. Aunque claro, esta vez al menos no había presenciado la muerte de la víctima. Pero ahora parecía que nada tenía sentido, no sabía ni qué era lo que le interesaba realmente. Era como estar viviendo en una dimensión de la que se sentía totalmente ajeno.

No habiendo que hacer, miró por la ventana de su departamento que era bastante precario: apenas había una mesa y una silla para sentarse así como una vieja cama y las paredes no estaban bien pintadas, de hecho mostraban capas de pinturas anteriores en los trozos de pintura desprendida de la que actualmente imperaba sobre las otras.

– ¡Corre, corre! – era lo que Joel pudo mirar y siguió observando.
– ¡Alto, malditos vagos ya me tienen arto! – y el sonido de una bala disparada hizo a Joel agachar la cabeza aunque fue una simple reacción involuntaria ya que a la altura que se encontraba no corría riesgo de ser alcanzado por una bala perdida.
Cuando se asomó de nuevo por la ventana solo vio correr al hombre que de ser victima de un asalto pasó a ser el asesino de uno de los asaltantes; el otro corrió con un maletín. Dos horas más tarde, luego que se había ido la policía del lugar del crimen, Joel estaba sentado en su silla ojeando una revista que se había encontrado y aburrido en su día de descanso, decidió salir a la calle a dar un paseo.

Sin quererlo, encontró a un grupo de vagos, entre los cuales vio al asaltante que había escapado con el botín: no era mucho el dinero que tenía en las manos, casi todo eran papeles… Por aquellos días Joel necesitaba algo más de dinero, pues se había cansado de ser mantenido en parte por sus tíos.

Pasó unas semanas buscando empleo en sus días libres para ganar lo suficiente para vivir, sin embargo no obtuvo el éxito esperado. De nueva cuenta se hundió en depresión. Miró la droga que acababa de comprar y entonces se dio cuenta de que su dependencia hacía imposible que el dinero le alcanzara.

Para su infortunio, perdió el empleo debido a una riña que tuvo con uno de sus compañeros (el genio que tenía durante las depresiones era insoportable). Entonces, pasó hambre y pidió solo un poco mas de dinero a sus tíos para poder comer algo. De pronto su paciencia se acabó: si la sociedad no le permitía obtener dinero por las buenas sería por las malas. Entonces supervisó la zona durante unos días y luego hizo su debut como asaltante.

Claro que él no habría de ser como aquellos rateros que vio por la ventana de su departamento, no, Joel sería más refinado y selectivo: tenía programado donde asaltar cada día para no ser identificado como un delincuente de la zona y además generalmente escogía a mujeres u hombres indefensos donde el riesgo prácticamente no existía. El primero de sus asaltos fue psicológico amenazando a una mujer. Obtuvo algo de dinero y unas joyas que remató por droga. Los siguientes asaltos de le dieron un poco más para saciar el hambre y sus gastos. Después se movió a lugares donde podía obtener mejores botines.

Con la experiencia perfeccionó sus métodos de asalto: el siempre tomaba la ventaja apuntando con discreción la pistola (que había comprado con dinero de los asaltos) hacia la víctima de tal manera que nadie más la viera. Las palabras entonces ya no eran necesarias, la gente entregaba sus pertenencias como quien entrega un encargo a un conocido.

Ahora que el dinero no faltaba, era momento de anestesiarse, es decir, acabar con la conciencia por medio de drogas y diversión, aunque por dentro no se sanara.